"I'm not sure how to look at art"

 "I'm not sure how to look at art"

Sobre el cuerpo, la creación cultural, los imaginarios sociales y todas las cosas que reflexioné estos meses

Como ya es tradición y para terminar bien este blog, empezaré de nuevo con dos anécdotas porque ya se vio que me gusta mucho hablar de mí misma y a partir de ahí llegar a las cosas importantes. La primera es un día, no recuerdo exactamente con qué edad, en que llegué a la conclusión de que las cosas que más me gustaban (leer, escribir, cantar, ver la televisión) no servían para nada. A mí me gustaba el teatro y quería ser actriz, pero mis dos padres eran médicos y a mí me acomplejaba pensar que lo que ellos hacían tenía una utilidad y lo que yo quería hacer no la tenía. Un día se lo confesé a mi padre, que me iba a buscar una pasión más útil. Él me dijo que eso era una tontería, y me contó sobre un día en que ingresaron a un ser querido y él se pasó toda la tarde en casa viendo la televisión. Las series que ponían una tras otra le ayudaron a estar tranquilo, le hicieron sentir acompañado en un momento en que lo necesitaba, y eso sí era importante. Ahora reflexiono, ¡cómo si fuese necesario que todo lo que me gusta tenga una utilidad! Qué lógica más capitalista; pero con doce años no tenía yo estas reflexiones contra la productividad, y me ayudó entender que las cosas a las que yo me quería dedicar iban a servir para algo.

No es la primera vez que hablo sobre las charlas que nos daban en el instituto para entender las cosas que se nos escapaban: el sexo, el alcohol, cómo tratarnos unas a otras, e incluso a nosotres mismes. En una de esas charlas, dada por unas voluntarias de la Cruz Roja (que eran divertidas porque hacíamos juegos), nos intentaron quitar los complejos de la adolescencia con una única idea que ahora encuentro errónea: que nuestro cuerpo no era importante. Entiendo el interés en enseñarnos que la apariencia no lo es todo, pero repetir y repetir que el cuerpo es un cascarón, un envoltorio, una tapa, me parece un poco iluso e incluso dañino. Yo recuerdo que nos acabábamos sintiendo un poco tontas: ¿por qué nos parecía tan importante eso que, según nos estaban diciendo, no tenía ninguna importancia? ¿Por qué solo pensábamos en nuestros cuerpos, por qué creíamos que era lo que en gran parte nos definía?

Echando la vista atrás, creo que en estas dos anécdotas hay parte de verdad y parte que no lo es tanto. Es cierto que el arte es importante porque acompaña y entretiene, pero creo que lo es por muchas más cosas. Es cierto que el cuerpo no tiene que ser lo que más nos obsesione estando en la ESO, pero tampoco podemos fingir que no tiene ninguna importancia. Un cuerpo es más que un envoltorio, que un cascarón; una peli, un libro, una canción, es más que algo con lo que llenar el tiempo. Lo que hablamos y cómo hablamos de ello influye en quiénes somos, en cómo nos perciben los demás y en cómo entendemos el mundo.

Me gustaría incluir además este cómic hecho por Lynda Barry sobre cómo ver el arte. Muchas veces me pasó que no entendía de todo qué se supone que tiene que pasar cuando estás delante de un producto cultural (sobre todo de cosas más modernas, como las performances de las que hablamos en este curso). Creo que esta asignatura me ayudó a acercarme, en muchas ocasiones, a esa gran revelación.

 

Viñeta de Lynda Barry


 

Me gustaría, como conclusión al curso, hablar principalmente sobre tres cosas: qué es el cuerpo, por qué no dejamos de hablar de él, aunque creamos que sí, y de qué nos sirve todo esto. En mis apuntes de clase, tengo anotadas las siguientes preguntas: ¿El cuerpo existe o nos lo inventamos? ¿Es el cuerpo discurso? ¿Vivimos la religión del cuerpo, el culto al cuerpo? ¿Tenemos cuerpo o el cuerpo nos tiene? ¿Podemos imaginar un sistema cultural en el que el cuerpo desempeñase un papel anecdótico en el proceso de construcción de la identidad? 

No tengo anotada ni una sola respuesta, y todas me siguen despertando la misma curiosidad que el día que las escuché en el aula y decidí copiarlas en el Word a toda velocidad. ¿Cómo de importante es el cuerpo? En mi primera entrada de este blog citaba shitpost feminista de “tías de internet”. Hoy quiero recuperar estas cuentas porque a mí me interesan mucho las definiciones intelectuales, pero también las cosas que tienen que decir las personas más anónimas de internet. Es muy tendencia en esta clase de cuentas (vuelvo a citar a @lapayaseria_, @zorras.regular, o @northstardoll en Twitter) hablar sobre el cuerpo en relación a todo lo que vive, aguanta, hace: el sexo, la comida, el hambre, las miradas, el amor y la violencia. Hubo una época en la que me aparecían continuamente imágenes en las redes sociales que decían básicamente “ojalá dejar de ser corpórea”. En mi búsqueda, encontré este ejemplo: 

Post de @lapayaseria_, título sobre el cuerpo y la percepción y comentarios


Pero no sólo leo a chicas que podrían ser yo en internet, también –a veces—leo libros y trabajos de esas personas que sí tienen validez científica. Estaba precisamente haciendo el trabajo final de esta asignatura cuando, leyendo Violación y Resistencia (2018), de Linda Alcoff, encontré esta frase:

“Las acciones y las sensaciones del cuerpo, el cuerpo mismo, tienen la misma extensión que el yo y, por lo tanto, son consecutivos de este, en lugar de ser algo experimentado desde una determinada distancia por parte del yo. […] Es preciso, entonces, entender la violación como un suceso que altera la subjetividad o la yoidad. No es que se hayan llevado ‘mi cuerpo’; me llevaron a ” (p.222).

La idea de que el cuerpo es importante está clara para las personas que acudimos a las clases de este año, para pensadoras como Alcoff y para chicas que suben confesiones a instagram. Incluso, supongo, para aquellas chicas de la Cruz Roja que intentaban hacernos la adolescencia un poco más fácil. Y, aunque no de forma muy consciente, así lo fui reflexionando yo a través de las entradas de mi blog.

Una vez más: ¿Tenemos cuerpo o el cuerpo nos tiene? ¿Definimos el cuerpo o el cuerpo nos define? A través de todas las obras estudiadas en clase, las aportadas por compañeras y las que me llevaban a pensar las aulas, descubrí la importancia de relacionar el cuerpo y el arte, y, por otra parte, la dificultad de que estos dos conceptos no estén relacionados. Si hablamos de vejez, de estigma, de enfermedad, estamos hablando de cuerpo. No escogemos cuándo este se hace mayor, cuando se pone malo, cuando enloquece o cuando se le inflige violencia por cómo es. No podemos controlar cómo actúa nuestro cuerpo –o como les demás actúan contra él—, pero sí cómo lo contamos y si nos parece necesario hacerlo.

Una de las primeras ideas que tratamos en esta asignatura y una de las que más me interesó fue la de por qué hablamos de las cosas que lo hacemos. Debemos analizar de qué hablamos y de qué dejamos de hablar, qué significa la palabra o el silencio, y cuándo decidimos que queremos contar una cosa u otra. Así lo abordé directamente en mi primera entrada, y más indirectamente en las demás. Lo importante de narrar lo que nos pasa, narrarnos desde el cuerpo, es que nos sirve para crearnos una narrativa propia y, eventualmente, puede servir a que otras personas nos entiendan o se entiendan a sí mismas. Como tituló Joan Didion una de sus obras: We tell ourselves stories in order to live.

Algo a lo que le dimos importancia a lo largo del curso fue no sólo al arte si no a le autore, la dramaturgia del yo y la autoficción. Las primeras obras que recuerdo que llegaron a mis manos y se calificaban bajo esta etiqueta fueron dos: El año del pensamiento mágico, de Joan Didion, y la película Stories We Tell, de Sarah Polley. En una entrevista a la directora canadiense, cuando se le preguntó sobre si el documental era un intento de controlar una experiencia que estaba fuera de control, ella respondió: “Contar historias es nuestra forma de seguir adelante, una forma de darle forma al caos. Nos une”. Para la periodista y escritora, su libro era una forma de darle sentido al duelo, de mantenerse cerca de su marido, de entender una muerte que para ella no tenía ningún sentido. Ambas creadoras hablan sobre la pérdida, sobre mantener con vida a una persona que murió -una madre, una pareja- y sobre que las historias que contamos son una manera de entendernos.

Quería utilizar para esta conclusión una frase de Annie Ernaux en El Acontecimiento, pero repasando mi propio blog me di cuenta de que ya la había escrito en la primera entrada (¡Vaya! Me quedo sin referencias cultas que incluir). Resumiéndolo, Ernaux escribía que el sentido de que a ella le pasasen esas cosas era contarlas, que se convirtieran en escritura y que llegasen a otras personas. En estos tres ejemplos de autoficción, debe notarse, seguimos hablando de cuerpos: cuerpos que dejan de respirar, cuerpos que recuerdan a los que tenían cerca, cuerpos que no quieren permitir que otros crezcan dentro de ellos.

Pero, a pesar de lo interesante que me resulta la autoficción y pensar en que todas estas personas ponen su vida y sus propias experiencias a nuestra disposición por múltiples razones (autoterapia, comprensión, activismo…), hay otra idea a la que llegué a través de esta asignatura y también me pareció fundamental. Para el trabajo final sobre Leche Condensada – y soy consciente de que incluyo aquí este apartado porque me temo que no podré incluirlo en la última tarea—entrevisté a Aida González Rossi, la autora. Antes de hacer mi propia entrevista, había leído en esta otra que la autora se negaba a hablar de si la historia de abusos que escribía era autoficción o no, que le parecía simplemente morbo preguntar a las mujeres cuánto habían sufrido y que no era importante para entender o empatizar con su historia.

En nuestra charla, le pregunté directamente por su opinión sobre la autoficción y esta clase de preguntas, a lo que me respondió: “Es algo bastante reduccionista. ¿Qué pasa, que no tiene validez el libro por sí mismo? ¿Leemos para saber lo que les ha pasado a las demás? Me parece no entender las experiencias como un todo, sino como experiencias aisladas. Si admites que te ha pasado, es algo que es tu experiencia concreta, y no estás elaborando una ficción de lo que le pasa a un montón de gente. Verlo desde ahí es despolitizarlo. Hablo por todas, no hablo por mí”. Esta conversación me recordó a las notas que incluye Leslie Feinberg al final de Stone Butch Blues (1993):

“¿Es ficción? Me preguntan a menudo. ¿Es verdad? ¿Es real? Sí, es muy real. Es tan real que sangra. Y, sin embargo, es también un recordatorio de que no hay que subestimar nunca el poder de la ficción para contar la verdad" (p. 526)

Con estas citas no trato de criticar, ni mucho menos, a aquellas autoras que se autoficcionan, que se autonarran para comprenderse más y ayudarnos a comprender. Solo quería incluir esta reflexión que yo no había tenido y a la que llegué gracias a estas clases, y que al final y al cabo es lo mismo con lo que empecé: el arte es importante, sea real o no. Es importante hablar de nuestros cuerpos y los demás, teniendo en cuenta que lo que vemos, leemos y escuchamos influye en cómo entendemos el mundo.

Como esta asignatura es Creación Cultural e Imaginarios Sociales, y hay que hacer una pequeña referencia en estas conclusiones a que lo que contamos y cómo lo contamos – y también lo que nunca contamos – acaba creando un imaginario. Especialmente en la entrada de la adicción hablé sobre la importancia de hacer retratos plurales, respetuosos y concienciados sobre las personas con adicción porque nos ayudarán a entender y tratar mejor a las que lo sean en la vida real.

Vuelvo a tomar una de las citas que utilizo en mi investigación sobre Leche Condensada porque me parece aplicable, aunque hable sobre violencia sexual, a cualquier otro tema. Esta es del libro Rape-Revenge, A critical study de Heller-Nicholas: “Todo el mundo -incluidas las personas que violan- construyen su idea de lo que ‘es’ o ‘no es’ la violencia sexual no sólo a través de la experiencia personal o de nuestros iguales, sino a través de las historias y representaciones que circulan a nuestro alrededor de forma más amplia” (2011, p.9). Las ideas que tenemos nos las hacemos, muchas veces, a partir de la cultura.

Podría seguir escribiendo sobre la importancia de las creaciones culturales para enseñarnos lo que son o no son las cosas –y los cuerpos, podría volver a mencionar a Stuart Hall, pasar por ejemplos de cómo la televisión, el cine o el arte cambiaron leyes, historias o por lo menos percepciones individuales, pero una vez más me paso de palabras en este blog y ya mencioné todas las cosas que me gustaban en entradas anteriores.

Por eso creo que lo más oportuno es terminar ya mis aportaciones a este pequeño trozo de internet. Una vez más, esta entrada es un resumen caótico en el que no estoy segura de que haya mostrado bien todo lo que me aportó esta asignatura. Por resumir rápidamente, espero que haya quedado claro que yo no había pensado nunca con tanta importancia sobre el cuerpo (ni el mío ni el de los demás), ni cómo hablar o no hablar de él y las cosas que le suceden influye a nivel social en como nos entendemos y entendemos a las demás. Eso es lo que intenté decir con todas mis entradas: que la cultura y el cuerpo nos ayudan, nos influyen y nos crean, y por eso importante hablar, escribir, grabar y contar sobre ellos. Supongo que darme cuenta de estas cosas es lo que se supone que pasa when you look at art: esa revelation que mencionaba Lynda Barry.

 


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