"No puedes huir de una plaga, no si es tu plaga"

"No puedes huir de una plaga, no si es tu plaga"

Sobre el miedo al contagio, la enfermedad dentro del cuerpo y quedarse a las puertas del hospital

Este Halloween hice un fanzine con mis amigas de @guisomoeu para llevar al Pichi Fest. Decidimos escribir un inventario de miedos, en el que cada una pusiese una lista de cosas que le daban miedo. En las primeras páginas del fanzine aparece la siguiente confesión de mi amiga Uxía: “tengo miedo de tener una enfermedad extraña y que no me la detecten a tiempo / me da miedo que me quiten sangre”. 


Obra de mi amiga Uxía en el fanzine "Inventario de medos"

Cuando lo leí tuve ese sentimiento de esto lo podría haber escrito yo. Tengo miedo a la enfermedad como tenemos las personas con la suerte de tener un cuerpo sano; miedo a que la maldad no venga de fuera, sino de dentro de mí. Sé que es un miedo muy común (la gente abría el fanzine y nos decía que compartía la mayoría de nuestros terrores), sobre todo porque lo vi en otras personas y en otras obras.

Recuerdo el año pasado en la clase de cine norteamericano cuando dimos una clase sobre la “nueva era del terror”. Pasamos de estudiar películas como La matanza de texas y Halloween a Alien: el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979): pasamos del miedo a lo desconocido, al asesino en serie, al miedo al propio cuerpo y lo que puede haber en él. En clase siempre nos dijeron que el cine se retroalimenta, como es obvio, del contexto en el que es creado. Alien salió casi a la vez que la pandemia del VIH. El alien que se mete en tu cuerpo y lo destroza desde dentro no es tan diferente de un virus: la enfermedad y sus metáforas.

Pero también he de admitir que la pandemia de VIH siempre me llamó la atención, así que leer Ángeles en América me recordó a todas las obras que ya había visto sobre el tema. 120 Pulsaciones por minuto me inspiró para hacer un reportaje sobre una casa para niñes huérfanes con VIH en Lisboa; Pride lleva desde que me abrí cuenta entre mis cuatro favoritas de Letterboxd y la escena en que un chico le dice a Mark, en las escaleras de una discoteca, que se cuide y que le echa de menos siempre me arranca unas lágrimas; Te estoy amando locamente hizo que mi madre y yo llorásemos toda la película, y cuando volvíamos del cine en coche me dijo que lo que más triste le parecía era que esa generación luego había vivido la epidemia de VIH (mi madre trabajó en la ambulancia en los 90 en Vigo asistiendo a personas afectadas por las dos epidemias más grandes de la zona: el VIH y la droga). 

Aun así, mientras leía Ángeles en América resonaba en mí una obra concreta. Todas las tramas me recordaban a lo que había leído tres años atrás en Personas como yo, de John Irving. Cuerpo, estigma, homofobia interiorizada y los destrozos de la pandemia del VIH a través de dos obras diferentes, pero entre las que podemos encontrar y señalar similitudes temáticas e incluso de personajes. 

Si para ustedes, durante los años de mandato de Reagan (1981-1989) la vida no se vio empañada por la experiencia de ver morir de sida a algún conocido, su recuerdo de esos años (o de Ronald Reagan) no será igual que el mío. ¡Vaya una década y tuvimos al frente casi de principio a fin a aquel actor de serie B a caballo! (Durante siete de sus ocho años en la presidencia, Reagan se negó a pronunciar la palabra “sida”). [...] Allá por 1995 -sólo en Nueva York- el número de estadounidenses fallecidos por el sida superaba la cifra de caídos en Vietnam” (Personas como Yo, pp. 356).

Billy Abbot, el protagonista y narrador de Personas como yo vive en Nueva York en los años 80 y está recuperando una de sus aficiones -y una de las obsesiones de Irving-; la lucha libre. Es un hombre bisexual al que acompañamos durante toda la novela en su despertar sexual en un pueblo de Vermont, en sus primeras relaciones y su madurez como escritor. Así lo llaman sus compañeros de lucha, “el escritor”, y aunque a veces dejen escapar su interiorizada homofobia (como cuando Billy entra la sauna, placer al que acaba renunciando), intentan hacer de los entrenamientos un lugar cómodo para él. 

A finales de 1981 ocurre en la novela un acontecimiento que el narrador bautiza como “el episodio de la hemorragia”. Con la epidemia avanzada, las muertes aumentando y el miedo generalizado al VIH, Billy empieza a sangrar por la nariz en uno de sus entrenamientos. Todos los integrantes del club se alejan de él inmediatamente. Sabe que está ahí eso de lo que tanto hablamos: el miedo al contagio. Billy abandona el club y su sueño de seguir siendo luchador.

También hay homofobia en Ángeles en América -y en casi todas partes-: Roy proclamando que él no es gay y quizás teniendo cierta razón en su argumentación, Louis pidiendo disculpas a Larry en el entierro por no presentarlo, explicando que siempre trata de aparentar que no es gay, o el propio Joe, cuando Harper le pregunta si es homosexual, respondiendo “sólo voy a decir que soy un hombre muy bueno que trabajó muy duro para volverse bueno” (este deseo, este trabajo contra la propia homosexualidad y la promesa de intentar retenerla, taparla, atraparla dentro del cuerpo me recordó inevitablemente al texto que compartió Lil Nas X cuando sacó la canción Montero, en el que decía que se había prometido a sí mismo de pequeño nunca salir del armario públicamente).

    "Mi corazón bombea sangre contaminada. Me siento sucio" (Ángeles en América, pp. 14)

Personas como yo y Ángeles en América son corporales. Prior se caga encima. Billy se impresiona por las acumulaciones amarillentas de las cándidas y la lengua blanquecina de los infectados (y luego sueña con esas placas en los dientes, una vez más el miedo al contagio). Prior no puede respirar en muchas ocasiones. Billy ve a su mejor amigo de la infancia, Tom Atkins, enganchado a una botella de oxígeno. Describe lo que es un catéter Hickman, el sarcoma de Kaposi, la mielopatía o el citomegalovirus. Belize explica los tratamientos y medicamentos, denunciando la desigualdad de dosis entre las personas infectadas.

También se habla de la falta del cuerpo que antes existía: Belize dice que uno de los problemas de Prior es su peso; Billy no reconoce a su amigo porque pesa tan solo cuarenta y pico quilos. Otro conocido de Billy, Rusell, murió en los brazos de la expareja del protagonista, Larry. Tras la muerte, Larry dice que no pesaba nada. 

Hay muchas formas de hablar del VIH y los cambios a los que somete al cuerpo, pero una de las que más me impactó fue la obra Sin título (Retrato de Ross en L.A.), de Félix González-Torres. Leí, creo que en twitter, que la obra consiste en una montaña de caramelos que pesaba inicialmente 79,4kg y se permitía a los espectadores coger caramelos para que disminuyera el peso. Esta disminución de peso imitaba la que vivió Ross Laycock, pareja del autor, los meses antes de morir por complicaciones relacionadas con el SIDA en 1991. Según acabo de buscar, esta explicación fue eliminada de muchas de las exposiciones en que se expuso la obra: una vez más, las muertes queer condenadas al olvido, al secreto y el estigma.

Sin título (Retrato de Ross en L.A.), de Félix González-Torres

No me daba miedo morir; me daba miedo sentirme culpable, para siempre, porque no me moría. [...]. Me avergonzaba de mí mismo por no querer estar al lado de quienes morían. «A mí esto no se me da bien. A ti sí», le dije a Larry”. (Personas como yo, pp. 361).

En las dos obras están los cuidadores, los cuidados, los descuidados y los descuidadores. Los que tienen miedo a la enfermedad, al hospital, a verlo todo de cerca y a ser ellos los siguientes en morirse. En la falta del acompañamiento también está el miedo al contagio. A que sea el tuyo el cuerpo que tiene que estar enchufado, el cuerpo mediado en peso, el cuerpo lleno de placas, el cuerpo que se caga encima y que hay que limpiar. 

En Personas como yo Larry, la expareja de Billy con la que sigue teniendo mucho contacto, acompaña. Billy no. Pero, aun así, releerlo me devolvió unos diálogos y unas certezas que no recordaba con tanta claridad: “Estás distanciándote de la enfermedad, Billy. Haces como yo: te imaginas mirando desde fuera, sin estar dentro”, le dice Elaine, su mejor amiga, al protagonista.

Belize y Larry son cuidadores, acompañantes, sujetan las manos de los que se van a morir y sus cuerpos delgados cuando lo están haciendo. Belize cumple su oficio, Larry casi parece tener una vocación. No quiere dejar a sus amigos morir solos. Belize le dice a Louis sobre Prior: “él se está muriendo, tú solo estás deseando morirte”. En la obra de Irving, Larry desea morir en lugar de su amigo Russell y la señora Delacorte desea morir en lugar de su hijo, pero sobre todo desean que Billy tenga el valor de formar parte: "¡tú no te has implicado! [...] ¡Los dos os habéis quedado tan al margen de esta enfermedad que sois simples espectadores!”. Como indica el título de esta entrada, frase tomada de Larry, no es posible huir de la plaga y el protagonista acaba viéndose sujetando manos de amigos o examigos moribundos.

Es reprobable que Louis escape de su pareja cuando este más le necesita, y que Billy se quede a las puertas del hospital St. Vincent sabiendo que si las cruza para visitar a un amigo se va a encontrar con muchos más. Pero también me gustan porque son personas reales a las que les da pánico ver un reflejo de lo que pueden ser ellos en unos meses. Así lo expresa Billy cuando se infecta Larry: “Larry fue un buen paciente, tal vez porque antes de contraer el mal había sido un excelente enfermero para muchos pacientes”. 

     “¿Anuncian las epidemias su propia llegada, o llegan, por lo común, inesperadamente?” (Personas         como yo, pp. 351).

Cuando leí Personas como yo estaba encerrada en la casa de mis padres con mis hermanos, y fueron los meses que más leí de los últimos años. El libro fue recomendación de mi madre. Era marzo del 2020. Leí sobre la epidemia de VIH desde mi salón porque ahí fuera estaba sucediendo otra pandemia. Y a riesgo de la banalización y sin querer comparar, yo viví el miedo al contagio en los meses siguientes: no quería quedar con nadie, no me atrevía a ver a mis amigas, me daba miedo traer el virus a mi casa. Cuando más o menos había pasado el COVID, un día charlando con un amigo me habló de su miedo al contagio: la ansiedad cuando, después de acostarse sin condón con un desconocido, cogió una gripe y pensó que eso era y que ya le había tocado. 

Al fin y al cabo, el miedo al VIH no pasaba solo por la enfermedad sino por el estigma. Contagiarse de la enfermedad de homosexuales, prostitutas y drogadictos implicaba admitir que te relacionabas con esa clase de gente, o que habías hecho esas cosas inconscientes y descuidadas. La culpa, el miedo, la vergüenza. Una segunda salida del armario: no sólo soy gay, soy el tipo de gay que se contagia de VIH. 

Ya no vivimos la epidemia de los 80 pero esta sigue resonando en el colectivo LGTBQ+. Para mí, lo más importante no es aportar nuevas reflexiones sobre el VIH -porque sé que no puedo-, sino reivindicar y recordar a todas las personas que vivieron esto antes y que no deben ser olvidadas: nuestra literatura, nuestras historias, nuestras obras de arte con su significado completo. Es cierto que cambiaron muchas cosas desde los años 80, pero como concluye esa película sobre el movimiento LGTB en España que tanto nos hizo llorar a mi madre y a mí: todavía quedan muchas cosas por cambiar.  


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