"Tú no eres un gran acontecimiento. Tú eres insignificante y no un gran acontecimiento"
Sobre el poder de la confesión y la violencia compartida a través de La casa de la fuerza
Me pregunté leyendo La casa de la fuerza por qué hace falta escribir
sobre estas cosas. Me pregunto después de quedar con mis amigas por qué
estamos siempre hablando de lo mismo: la violencia, la soledad, la venganza y
todas las formas de “devolver el dolor que habéis causado con la rabia de una
tormenta”. Hablamos de los hombres, de lo que nos hicieron a nosotras, a
nuestras amigas y a la humanidad, nos confesamos. Nos confesamos por
teléfono, en una terraza, dando un paseo, en las noches más largas dos personas
en camas de 90cm, en nuestras obras artísticas y en nuestras libretas más
privadas. El lugar de la confesión nunca fue una Iglesia, sino un cuaderno,
una palabra.
Liddell confiesa a sus personajes – y quizás se confiesa a sí misma – en La casa de la fuerza sin que se le haya pedido. Carol nos empieza negando la confesión Oleanna, pero nos la acaba haciendo. Pensaba al leer sobre estas violencias en todas las otras violencias sobre las que leí, en todas las confesiones no pactadas a las que me expuse al abrir un libro, empezar una película o escuchar una canción. La confesión como desahogo, como política, como catarsis, como súplica y como desafío. La confesión como motivo principal de las obras seleccionadas.
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| Ilustración de Nato (@natobf) en la que pensé mientras escribía este texto |
* * *
Escribió Adorno en Prismas: la crítica de la cultura y la sociedad: “luego
de lo que pasó en Auschwitz es cosa barbárica escribir un poema”. A modo de
respuesta se nos enseñó cómo Imre Kertész completaba esta frase en Un
instante de silencio en el paredón. El holocausto como cultura: “[...]
después de Auschwitz ya sólo pueden escribir versos sobre Auschwitz”. Añado yo,
si se me permite: “después de la violencia solo escribiremos sobre la
violencia”.
Siento que la violencia nos arrebata la posibilidad de hablar de trivialidades. Puedo pensar en muchas obras que relatan la violencia contra la mujer. La confesión de Lola en la tercera página me recuerda al libro Las Devoradoras, y a la protagonista dando las gracias a su agresor por acompañarla hasta casa después de violarla. Luego deja de comer. Annie Ernaux deja de comer en Memoria de chica después de experimentar unas violencias que no sabe identificar. Angélica se va a la casa de la fuerza. Arabella, la protagonista de I May Destroy You, escribe y va a una clase de fitness hasta acabar exhausta. El cuerpo y el arte.
Confiesa Lola que no sabe por qué hace esas cosas: "quizás porque necesito que me pasen cosas fuertes que me hagan sentirme viva". Cosas fuertes como escribir, cantar o pintar, cosas fuertes como castigar o cuidar el cuerpo con el ejercicio y la comida. Cosas fuertes como esa frase de internet tan repetida en memes o shitpost "de chicas": un día más llorando por un hombre al que no le importa si vivo o muero.

Post de @zorras.regular en instagram
¿Qué tienen en común una escritora francesa, una dramaturga española, una cineasta inglesa y una chica que habla de sus traumas en instagram? ¿Por qué escriben (escribimos) todas sobre estas violencias? ¿Porque es importante utilizar la vida y la confesión como activismo? ¿O porque nos inundan tanto que no somos capaces de hablar sobre nada más?
En I May Destroy You la
protagonista, Arabella, es una escritora que está trabajando en su segunda
novela. Una noche de fiesta es drogada y violada. En el capítulo cuatro de la serie, Arabella visita por primera vez la consulta de la psicóloga tras la agresión y
la profesional le pregunta en qué piensa cuando tiene flashbacks desagradables.
Arabella responde que se repite a sí misma:
"Hay niños con hambre, hay niños con hambre, hay niños con hambre. Hay guerra en Siria, hay guerra en Siria, hay guerra en Siria. Hay gente sin móvil, hay gente sin móvil, hay gente sin móvil. Para recordarme a mí misma que hay cosas más importantes"
En la famosa novela El Acontecimiento en la que narra su aborto, Annie Ernaux escribe en la página 54:
“La noche anterior [a abortar] fui a ver Mein Kampf con unas chicas de la residencia universitaria. Estaba muy nerviosa y no dejaba de pensar en lo que iba a hacer al día siguiente. Sin embargo, la película me enfrentaba a una evidencia: el sufrimiento que iba a infligirme a mí misma no era nada en comparación con el que habían padecido en los campos de exterminio. Eso me daba valor y determinación. También me ayudaba el hecho de saber que lo que me disponía a llevar a cabo ya lo habían hecho muchas mujeres antes que yo”
Angélica Liddell lo expresa en la página 48, en un largo monólogo que se
puede interpretar son las palabras de un hombre, aunque está dicho por Getse:
“Si te hicieron sufrir, qué más da. No fue a ti sola, la vida es dura, les pasó a todas”
Annie Ernaux, en 1963 y por motivos cronológicos obvios no había visto ni La casa de la fuerza ni mucho menos I May Destroy You. Dudo que Michaela Coel, la creadora de la serie, conozca la obra de Liddell y viceversa. Pero las tres llegan a la misma conclusión: su sufrimiento no es el mayor sufrimiento del mundo. Básicamente, hay cosas peores.
En la segunda parte de la obra Angélica Liddell –o su personaje, o su imaginación– habla sobre su viaje a Venecia después de separarse del único hombre que le había querido en la vida. Tras contar la relación tóxica con este hombre, escribe: “Esa semana que estuve en Venecia coincidió con los ataques brutales de Israel a Palestina en la franja de Gaza”. Yo me siento, como estas tres mujeres reales o ficticias, un poco tonta, un poco ingenua y un poco egoísta hablando sobre la violencia contra las mujeres –y proyectando secretamente mis propias violencias en el texto– mientras vuelve a haber ataques brutales de Israel a Palestina en la franja de Gaza.
Pero todas estas certezas de que en el mundo siempre hay algo peor sucediendo van acompañadas de otra certeza: esto ya les pasó a otras personas. Y aunque parte de la confesión sea la denuncia, el cambio, el activismo, también tiene parte de acompañamiento. El #MeToo, el #YoSíTeCreo o el más reciente #SeAcabó son al fin y al cabo confesiones públicas que se acabaron transformando en movimiento sociales y que obtuvieron varias respuestas: te escucho, te creo, a mí también me pasó.
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| Fotograma del vídeo "I Am With You" de Chanel Miller |
Entonces, ¿por qué nos confesamos? ¿Por sentirnos acompañadas? ¿Por acompañar? Como soy gallega, me veo en la necesidad de responder a esta pregunta con otra pregunta de las planteadas en el análisis de las obras: ¿Es la escritura o puede ser un medio para recuperar la identidad arrebatada? ¿Para construirse como sujeto tras haber sido deshumanizado?
No puedo aventurar las razones que llevaron a Angélica Liddell a escribir este texto, pero puedo recurrir de nuevo a otras obras que den
respuesta a esta pregunta, sin caer en la generalización.
“This is an attempt to transform the hurt inside myself, to confront a past, and find a way to live with and incorporate these memories. I want to leave them behind so I can move forward. In not naming them, I finally name myself. My name is Chanel”
Miller está haciendo de su confesión, de su literatura, una forma de recuperar su humanidad y su propio relato. De ser ella la que cuente la historia tras estar contada por medios de comunicación, abogados, jueces y demás voces. Está recuperando sus identidad. Volviendo a mi inicio –o el punto que estoy tratando de hacer principal en este batiburrillo de referencias– la confesión es a la vez alivio, acompañamiento, violencia y sanación.
Aprovecho el margen hecho sobre mi propio trabajo de fin de grado para hacer un apunte que me parece importante. Durante mi investigación leí el texto Representing Rape Trauma in Film: moving beyond the event, de Amanda Spallacci. La autora explicaba que la mayoría de película que abordaban este tema se centraban más en mostrar el acontecimiento traumático en vez de representar el trauma en sí, lo que creaba el estándar de que la carga de la prueba en casos de violación -y podemos extenderlo a otro tipo de violencias- recae sobre la superviviente. Esto sienta un precedente que se acaba extendiendo a la falta de credibilidad que se da a las víctimas cuando no tienen pruebas de sus agresiones.
Aquí voy a hacer un aparte en La casa de la fuerza y mencionar la
otra obra tratada: Oleanna. Lo que me parece más curioso de esta obra es
que todo lo que ve el espectador o lector son tres episodios diferentes que se
dan en el despacho del profesor John. Lo que pasa en las aulas o en otros
escenarios sólo lo podemos imaginar a través de lo que hablan John y Carol. Lo
mismo sucede en La casa de la fuerza: no somos testiguos de ninguna de
las agresiones o violencias que se tratan, solo de sus consecuencias. Relacionándolo con
Spallacci, esta sería para la autora la forma correcta –o menos incorrecta–
de mostrar las violencias. No tenemos que creer a la víctima por ver en
pantalla, en el escenario o en el relato su agresión, sino porque nos la
está contando: es la credibilidad que le damos a la confesión.
Pero en la credibilidad o falta de esta entran en juego muchos factores, y
algunos de ellos están relacionados con los propios implicados. Y aquí seguimos
relacionando las violencias íntimas con las violencias más públicas: cómo el discurso mediático, social o popular reacciona a esta
clase de violencias. Las protagonistas de La casa de la fuerza son
misteriosas y poco sabemos sobre sus vidas. En el caso de Lola, por ejemplo,
que admite buscar acostarse con desconocidos de noche para paliar su soledad, razón por la que acaba siendo violada por un extraño. O de Angélica, sabemos que se graba por internet
haciendo lo que le pidan los hombres, rozando la pornografía, el
tabú. Carol, en Oleanna, se nos presenta en los primeros actos como una
chica tonta, ingenua y con poca capacidad de expresión o argumentación.
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| Post de @lapayaseria_ en instagram y comentarios de las usuarias |
¿Qué nos dicen estas características de las víctimas sobre sus propios relatos? En teoría, no deberían hacer que un relato sea más o menos creíble, pero sí lo hacen. ¿Y qué hay de los hombres? No los conocemos en La casa de la fuerza. Pero sí conocemos a John: un hombre ejemplar, profesor de universidad, ordenado, compasivo, incluso simpático con sus alumnas.
Hago este breve hincapié en la representación de las mujeres y los hombres en estas historias porque acaban influyendo en la respuesta social que damos a casos no ficticios. Cómo se nos relata la violencia influye en cómo recibimos violencia cuando la vemos en eso que llamamos vida real, juzgando a las víctimas y agresores según como se nos presenten. La idea de “víctima ideal” –que no bebe, que no se graba a sí misma masturbándose, que no sale de fiesta después de su agresión o que no responde a la violencia con más violencia– hace que desconfiemos de las mujeres que no encajan en este esquema: Jenni Hermoso, Amber Heard o la propia Chanel Miller. Las protagonistas de La casa de la fuerza y Oleanna desafían este esquema, exigiéndonos que las creamos a pesar de ser como son, a pesar de no tener pruebas.
* * *
Al fin y al cabo, cuando nos confesamos nos exponemos a que nos
respondan. A que se nos juzgue, se nos acompañe, se nos insulte o se nos
reconforte. Pero, sobre todo, hacemos pública una violencia que de otra
forma sería privada. Angélica Liddell expone las hostias, los chantajes,
las violaciones, los asesinatos. Mamet las asimetrías de poder, las dudas y la
incomprensión (“yo no quiero venganza, quiero que me entiendas”).
Este texto parece finalmente más un collage de todas las mujeres sufridoras
que pude recordar que una conclusión exacta sobre cómo hablar de la violencia,
la soledad o las confesiones. Para terminar, tomaré prestadas de
nuevo unas palabras de Annie Ernaux:
“Me he quitado de encima la única
culpabilidad que he sentido en mi vida a propósito de este acontecimiento: el
haberlo vivido y no haber hecho nada con él. Como si hubiera recibido un
don y lo hubiera dilapidado. Porque por encima de todas las razones sociales y
psicológicas que pueda encontrar a lo que viví, hay una de la cual estoy
totalmente segura: esas cosas me ocurrieron para que diera cuenta de ellas.
Y quizás el verdadero objetivo de mi vida sea este: que mi cuerpo, mis
sensaciones y mis pensamientos se conviertan en escritura, es decir, en algo
inteligible y general, y que mi existencia pase a disolverse completamente en
la cabeza y en la vida de los otros”
Con estas palabras de El Acontecimiento cierra su propia historia, y
las utilizo yo para remarcar que a pesar de lo que el título de esta entrada y
la frase de Liddell indiquen, no somos un acontecimiento insignificante. Una
confesión es un acto de lucha, pero también un acto de fe: alguien me va a
creer, alguien me va a entender, esto le va a servir a alguien o me va a servir a mí misma.
La importancia de la confesión es que saca a relucir que las violencias
individuales son las que tejen y respaldan las grandes violencias. Y aunque
siempre haya cosas peores pasando, son importantes las cosas malas que nos
pasan –y nos hacen– y es importante confesarnos a las amigas, a las libretas
o a los blogs de asignaturas de la universidad. Porque al fin y al cabo, como responde la psicóloga a Arabella en el capítulo citado de I May Destroy You:
“A veces, cuando intentamos valorar las
cosas más importantes, nos olvidamos de las que no lo parecen. En este caso,
tú”



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